sábado, 22 de octubre de 2011

A VECES QUIERO SER SHELDON COOPER

SER SHELDON COOPER

Confieso que a veces quiero ser un Sheldon Cooper -uno de los protagonistas de la serie Big Bang Theory- y sentir que el mundo gira a mi alrededor y pasar totalmente de las opiniones e intereses de los demás, trasladarme a una segunda dimensión invisible para los que habitan en esta y vivir mi vida al margen de compromisos, trabajos remunerados y relaciones sociales complejas. A veces quisiera que todo se ajuste a mi horario y conveniencia, dar la vuelta a cualquier argumento para llevar salir siempre triunfante y disfrutar de mi complejo de superioridad. (“Me había olvidado que las personas normales tienen límites”).

Y a pesar de todo, tiene un amigo incondicional que está a su lado en todo momento soportando sus memeces y meteduras de pata y unos amígos-satélite que orbitan alrededor de su amistad con Leonard. A veces me pregunto qué hace que ese grupo se mantenga unido. Creo que es la capacidad de aceptar a cada uno tal como es, creyéndose un hijo de los dioses o simplemente un hindú tímido hasta el exceso.

Y entonces me entran ganas de volver a la tierra y a las frágiles pero apasionantes relaciones humanas sanas; a mi realidad de normalidad (ni mucho ni poco sino todo lo contrario) y a mi vida diaria en que sólo soy el centro de algún universo pequeñajo de vez en cuando y la mayoría del tiempo, parte (espero y creo que importante) del universo de los demás.

Porque prefiero ser como soy a no tener alma para vivir en el mismo mundo que los demás.

martes, 23 de agosto de 2011

ECHAR LA VISTA ATRAS

Echar la vista atrás

No es justo juzgar el pasado desde los ojos del presente.
La sabiduría o ignorancia que he acumulado hacen que las cosas no sean igual ahora que cuando pasamos por ellas. Pero, aun así, seguimos empeñados en echar la vista atrás y lamentar las cosas que no hicimos, los errores que cometimos… ahora que ya sabemos el resultado.
Si en su momento hubiéramos sabido que nos iba a salir rana no hubiéramos lanzado la red. “Si yo hubiera…” “si nunca…”… son lamentaciones que no llevan a ningún sitio salvo a castigarnos a nosotros mismos, porque el pasado lo he de revisar con el conocimiento que tenía en ese momento. No vale hacer trampa. Lo que hice era lo que creía que tenía que hacer o lo que podía hacer dadas las circunstancias de ese tiempo.
La única equivocación de la que me puedo lamentar es no haber sido responsable, consciente y coherente con lo que hice en su momento. Por eso el gran aprendizaje es aumentar mi responsabilidad: lo que hago, lo hago de forma auténtica y sabiendo a qué me compromete. Es la forma de no lamentarme porque me ha pillado el toro cuando en su momento decidí entrar en el ruedo.

martes, 26 de julio de 2011

ALMENDRAS ROTAS

Almendras rotas

Recuerdo cuando era pequeño y nos mandaban partir almendras. El trato era que cuando una se rompía, nos la podíamos comer. No queda bien una almendra rota. Confieso que, de vez en cuando, mis hermanos y yo dábamos un golpe más fuerte de lo normal para que alguna almendra, aleatoriamente, quedará sin pasar el control de calidad…. nos la pudiéramos comer tranquilamente, casi sin remordimientos, digo casi porque todos sabíamos cuando a alguien se le escapaba un martillazo.

El otro día me acordaba de esto y de esa sensación que no cesa de querer traer a mi terreno las cosas que pasan, de dar un golpe fuerte para que la almendra se parta más de la cuenta o, lo que es lo mismo, acomodar la realidad a mi deseo.

Es cierto. Muchas veces me gustaría que las cosas funcionaran igual que en esta tarea: si tengo ganas de comer un almendruco, basta un golpe para conseguirlo. Solucionado. A esperar una nueva rotura accidental o a provocarla. La solución no es compleja. En este caso sí puedo hacer que la realidad me sea favorable. Pero, para bien o para mal, esto no es lo habitual en la vida. No hay forma de acomodar la realidad a lo que deseamos y las cosas suceden queramos o no. Y no hay remedio muchas veces, porque no tenemos el control sobre todo lo que nos sucede ni tenemos la obligación de tenerlo. Ojalá en momentos de mi vida en que las cosas no van como yo quiero tuviera la misma facilidad para transformar las cosas: problemas, relaciones, acontecimientos… que no puedo transformar a mi favor.

Creo que debo aprender a vivir con las almendras que se rompan por sí mismas, con las cosas que me presenta la vida. Me apetezca o no… esto es lo que hay. No estamos tan lejos de aceptar lo que no podemos cambiar, ¿verdad? Pero no aceptar sin remedio, sino intentando aprender de cada cosa que sucede lo que justo en ese momento me quiere transmitir.

jueves, 10 de marzo de 2011

HE DECIDIDO

HE DECIDIDO…

No dejar ningún gracias sin decir, porque cada vez que uno se queda en mi boca o mi corazón, acaba perdido en un limbo del que no sé cómo rescatarlo. Porque cada una de las personas con las que contacto merece mi agradecimiento si soy capaz de ver lo que me aportan o –sobre todo- lo que son como un auténtico regalo. Porque cada gesto de gratitud me engrandece y hace sentir grande al que lo recibe. Porque estamos muy acostumbrados, la mayoría, a pedir y poco a agradecer. Por eso, a partir de hoy, decido no reprimir nunca mis ganas de dar las gracias cuando me sienta internamente agradecido.

No rendirme nunca mientras mantenga la ilusión. No dejarme vencer por el desánimo que hace pensar que no hay salida o que no puedes superar lo que te está ocurriendo. Sacar fuerzas de donde creo que no quedan para poner toda mi ilusión en lo que quiero alcanzar. Porque me he dado cuenta de que muchas veces lo peor que me ocurre es que me dejo vencer por molinos de viento internamente transformados en gigantes; porque me he dado cuenta de que casi siempre que me rindo es porque no he sabido encontrar dentro de mí la fuerza para salir adelante; porque he aprendido que cada vez que tiro la toalla es porque no he logrado descubrir el punto débil de mi enemigo, porque me he dejado vencer por mi impotencia en vez de rescatar mis mejores fuerzas. Cuando me rindo, siempre gana el otro, se lo merezca o no. Si han de vencer, por lo menos, que sea merecido.

He decidido vivir el momento, disfrutar el presente, prever sin sufrir, preparar sin que sea determinante, mirar hacia adelante sólo lo necesario para no errar demasiado mis pasos, pero disfrutar el día a día, el momento, el instante, sacar todo el jugo al presente. Que nadie sabe lo que va a ocurrir mañana. Y lo único con lo que contamos es lo que tenemos ahora mismo. Muchas veces me he sorprendido descubriendo rumbos que no conocía y aceptando novedosos imprevistos que me han enriquecido. Bienvenido lo que venga; bienhallado lo que hay ahora mismo.

jueves, 24 de febrero de 2011

LA ESTRATEGIA DE YAVHE

La estrategia de Yavhé

Dios le dijo: «Yo soy el que soy (Yahvé)» (Ex 3,13-14)

Y siempre he pensado que Moisés se quedó como estaba. Pocas pistas le dio y no sé si alguna útil para su tarea. Me imagino a Moisés ante su pueblo: “el que es me pide que venga a rescataros…”, sí, pero quién es el que es… Confieso que a mí me cuesta entenderlo y que durante mucho tiempo me resultaba, por lo menos, intrigante. Pero si dejo mi desconcierto inicial me doy cuenta de que esta expresión encierra una riqueza que a nosotros nos puede ayudar.

Porque, ¿qué significa definirse precisamente por lo que eres? Nosotros tendemos muchas veces a definirnos más por lo que hacemos, por lo que tenemos, por lo que los demás dicen de nosotros. ¿Te atreves a afirmar con firmeza soy el que soy? A mí me da un poco de reparo, la verdad.

¿Tengo conciencia real de lo que soy? ¿Soy capaz de presentarme ante los demás tal como soy realmente, sin todos los adornos con que me suelo camuflar? ¿Sé lo que soy? ¿Sé quien soy? ¿Me atrevo a decir que soy el que soy, que no hay vuelta de hoja, que soy tal como me presento?

Ser uno mismo; ser como uno es; ser lo que uno es. ¿Es un ideal o algo que podemos lograr? Claro que si soy el que soy…

… no soy lo que tú piensas que soy ni lo que crees que debo ser, con lo cual debo despegarme de tu visión y deseos sobre mí para afirmarme en mi identidad; y no siempre me será fácil hacerlo, porque algo dentro de mí quiere complacer a los otros y ser lo que ellos quieren que sea; en los niños se nota mucho… en los mayores, se deja entrever;

… no soy el que quisiera ser, sino el que soy; y mis fantasías sobre mí mismo convertido en príncipe azul tienen que desvanecerse para aceptar la realidad que vivo, lo que hay;

… no soy el que actúa de una determinada forma; mis acciones dejan traslucir quien soy, pero mi esencia es diferente, profunda, íntima. Porque me puedo distanciar de mis acciones y afirmar mi identidad. Yo soy… y me comporto… Mi integridad y grandeza como ser humano está precisamente en este distanciamiento.

¿Soy el que soy?

lunes, 15 de noviembre de 2010

Nos han acostumbrado a pensar que es cierta la ley de causa y efecto. Claro que así hay una explicación para todo y tras una cosa sigue la otra. Menos cuando la realidad se salta nuestras arbitrarias normas y al 2 le sigue el 4 o a la b la f… Porque las cosas, en nuestra vida, no funcionan en línea recta ni siguiendo leyes inevitables. Porque a veces las cosas se tuercen, aparecen imprevistos y dos más dos son cuatro y sus circunstancias.

Es menos predecible y estamos más en riesgo.

¡pero menos mal! Porque lo contrario es lo más cercano a estar pre-determinado. Y prefiero arriesgarme un poco a no poder ni elegir, porque prefiero aceptar que hay un riesgo en todo a no poder elegir, porque prefiero que tras un suceso y una decisión se abra un interrogante… creo que me gusta el riesgo…

martes, 2 de noviembre de 2010


SER COMPASIVO CON UNO MISMO

Hoy quiero defender la capacidad y necesidad de perdonarse a sí mismo. Hablamos mucho de auto-estima, auto-transcendencia, auto-actualización…. Hoy quiero sugerir la AUTO-COMPASIÓN.

Porque en la raíz de muchos de nuestros malestares está el ser inflexibles con nosotros mismos y no ser capaces de perdonarnos. Porque aún seguimos creyendo que somos omnipotentes y podemos conseguir todo lo que deseamos. Porque no nos tratamos con misericordia. No me suele gustar hacer referencias el origen de las palabras, pero en este caso voy a hacer una excepción: encontramos el origen de la palabra misericordia en el “miseri cor da”, da tu corazón al miserable, vuélcate con el que es necesitado. La misericordia se suele entender dirigida a los demás. Pero es fundamental que sepamos descubrir y vivir la capacidad de volver nuestro corazón hacia nosotros mismos, darnos permiso para sentir la compasión ante nuestra realidad.

Perdonarse tiene que ver con nuestra capacidad de asumir nuestros propios errores y nuestras limitaciones. Nunca se va a perdonar aquel que cree que lo puede conseguir todo, porque un fracaso le supondrá un encontronazo con la imagen que tiene de sí mismo. La capacidad de perdonarnos tiene mucho que ver con no ser tan egocéntricos que nos creamos omnipotentes. La mayoría de las veces, poco o nada podemos para cambiar una situación y no podemos tener la clave para resolver todos los conflictos. No se va a perdonar quien está envuelto en un halo de invulnerabilidad, porque el destrozo a su propia imagen le supone más daño que vivir con la propia culpa. Perdonarse tiene que ver con aceptar que a veces no puedo hacer nada, por el motivo que sea, que las cosas y circunstancias me superan muchas veces. Me siento culpable –lo diametralmente opuesto a perdonarse- cuando creo que no he hecho lo suficiente para cambiar una situación o solucionar un conflicto. Pero si somos capaces de reconocer nuestras limitaciones, pronto comprenderemos que no podíamos hacer nada, al menos en ese momento, y que lo único que resta es ser compasivos con nosotros mismos y aprender de la situación. Yo no puedo hacer nada para evitar, por ejemplo, que un asesino dispare contra alguien o que me violentaran. Creer que podíamos hacer algo en esas u otras circunstancias es una forma de castigarnos a nosotros mismos con la culpabilidad. Pero es más agradable pensar que lo podemos todo que encontrarnos con nuestros propios límites

Frente a ello, hemos de ser compasivos con nosotros mismos, auto-compasivos, hemos de volver el corazón hacia nosotros y reconocer que no podíamos hacer nada para evitar vivir situaciones poco agradables o sucesos que no dependían de nuestra voluntad. Necesitamos humildad para reconocer que somos limitados.

Me perdono a mí mismo cuando me amo incondicionalmente, más allá de mis aptitudes y limitaciones; cuando no nos hemos vuelto con el corazón hacia nosotros mismos, nos subvaloramos y autoflagelarmos, aumentando nuestra sensación de inseguridad. Somos capaces de ser los más duros con nosotros mismos y así no hay quien mantenga a flota la autoestima. Una forma de hacernos daño es alimentar los propios errores dándoles vuelta en la memoria, volviendo a ellos una y otra vez y no dejando que pasen a ocupar el lugar en el pasado que les debe corresponder. Por eso tenemos la sensación de que se han cerrado todas las puertas, de que no hay salida. Vivimos encerrados en nosotros mismos y nuestros problemas, en nuestra falta de capacidades y olvidamos nuestra capacidad de aceptarnos serenamente.

Perdonarse tiene mucho que ver con conocerse a sí mismo. Cuando nos conocemos, sabemos cuales son nuestras capacidades y nuestras limitaciones y aprendemos a convivir con ellas. Quien no se conoce a sí mismo vive como extraño y ajeno todo lo que le ocurre, no encuentra una explicación a lo que le sucede. Sin embargo, si sabemos cómo somos, todo lo que hacemos o dejamos puede tener sentido a partir de lo que conocemos de nosotros mismos. Tener la capacidad de perdonarse a sí mismo no significa que todo lo que encontramos en nosotros nos guste; la posibilidad de cambio está siempre abierta, pero la transformación no se va a producir si primero no estoy en paz conmigo mismo. Y para eso es fundamental saber perdonarse, saber aceptar que hay partes de nosotros que necesitan mejorar, pero que son lo que tenemos y con ello tenemos que vivir. Perdonarse abre a la posibilidad del cambio. No tener compasión con uno mismo nos hace entrar en la espiral de la culpa, que nos empequeñece y nos lleva –porque somos una unidad- a ser más proclives a las enfermedades, la amargura y la tristeza.

APRENDER A PERDONARSE

Como todo en la vida, la autocompasión es un aprendizaje. En ese camino, encontramos cuatro peldaños:

1. Asumir nuestras limitaciones personales y nuestra responsabilidad. Sólo somos responsables de aquello en lo que podemos influir. Lo que no está a nuestro alcance, no es asunto nuestro. Aunque está claro que lo primero que debemos hacer es delimitar lo que son nuestras responsabilidades y saber aceptar que no todo es competencia nuestra. Por eso el perdón hacia uno mismo es el duelo hacia nuestra sensación de omnipotencia: tenemos que renunciar a creer que lo podemos todo. Y como todo duelo, es un proceso doloroso. Es más sencillo buscar fuera la culpa y la responsabilidad, es más sencillo seguir creyendo que somos pequeños supermanes o superwoman y que son los demás los que nos ponen impedimentos. Aceptar nuestras limitaciones duele… pero sana.

2. Reconocer el error que hemos cometido. No es tan fácil como parece, porque a menudo rechazamos esta parte de nosotros mismos e intentamos desviar balones para no asumir los fallos. Algunas personas se creen tan perfectas que no pueden cometer errores y nunca los van a aceptar; por otra parte, en el lado contrario, están las personas que sienten que todo es por su culpa y se hacen responsables de todo lo que ocurre, aunque no hayan intervenido. Hay que encontrar el punto de verdad en todo: ni soy perfecto ni soy un desastre, cuento con mis capacidades y como también tengo limitaciones, a veces cometo errores. Y no pasa nada por equivocarse, salvo que decida quedarme en eses sentimiento y no avance. Equivocarse es normal, forma parte de nuestra vida. El error es la doble cara de los aciertos. Reconocerlo es permitirnos seguir adelante.

3. Rectificación interna. Volver el corazón a nosotros mismos y cicatrizar las heridas. El perdón es siempre una decisión del corazón, tanto si es hacia nosotros mismos como hacia los demás. Decide mirarte con ojos de compasión, verte tal como eres, no tal como te gustaría ser o haber sido. Mira hacia ti con cariño y descubre qué es lo que ocurrió; seguramente te darás cuenta de que no podías hacer nada para evitarlo, aunque te duela sentir la impotencia.

4. Superación. Porque el perdón mira más al futuro que al pasado. No puedes cambiar lo que ha pasado, no hay vuelta atrás. Pero puedes mirar hacia adelante. Mira tu pasado con compasión y cariño, acepta que las cosas han ocurrido, pero que se han quedado ahí. Acepta que los errores forman parte del avance. Pon un poco de bálsamo que alivie el dolor y decide seguir adelante. Si el perdón es una decisión del corazón, seguir adelante lo es también. Mira hacia atrás, pero no para lamentarte, sino para reconocer que las cosas respondían a unas circunstancias determinadas. Se contigo igual de paciente y comprensivo que lo serías con tu mejor amigo. La pregunta ahora no es por qué ha ocurrido o si podía haber hecho algo para evitarlo. sino qué puedo hacer con ello y cómo puedo seguir adelante a pesar de ello manteniendo la paz conmigo mismo. Para ello, es bueno que aprendas a distanciarte de ti mismo y de las circunstancias. Ayuda mucho ver las cosas desde fuera, como un observador. Cuando conseguimos distanciarnos lo suficiente, somos capaces de ver las cosas de un modo diferente.

CUANDO ME PERDONO

Cuando somos capaces de perdonarnos, todo en nosotros mejora:

- vivimos con salud, porque el sentimiento de culpa rompe nuestras defensas y nos hace sentir y ser vulnerables;

- nos sentimos mejor con nosotros mismos, tenemos una imagen positiva sobre nosotros y estamos seguros ante los demás;

- somos más capaces de creer en nosotros mismos,

- paz interna

- armonía

- irradiar alegría.

Todo perdón supone una cierta conclusión: acabo con algo y empiezo a caminar de una forma diferente. Es una decisión de seguir en marcha, que nos permite avanzar sabiendo que podemos equivocarnos…. Ya lo decía Séneca: errar es humano.